Debo ser masoquista. De otra manera no se explica mi último paseo por Bruselas. Ya viene siendo habitual, así que no sorprendo a nadie. El día ha sido grís. Muy oscuro. La tarde, lluviosa. Parece que la ciudad quiere ponerme fácil el adios. No sé si lo ha conseguido.
El fin de otra etapa. Dicen que es más fácil verlo así. Sin darle más vueltas. Sin pensar más que lo justo y necesario (como si alguien pudiera en realidad dibujar una línea y separar lo bueno de lo malo). Dejémoslo entonces para los que les gustan las cosas fáciles. Yo nunca fui de ese estilo y no voy a empezar ahora.
Adios a Bruselas. Adios a las tiendas de chocolates y a sus puestos de frites. Adios a sus cervezas, a todas y cada una. Adios a su mestizaje y a sus contrastes. A su Gran Plaza y a sus pequeños rincones. Adios a Bélgica, en definitiva. Un país que se está partiendo en dos pero que a mi, sin duda, me ha hecho más fuerte.
Aquí sigue lloviendo. Pero el Manneken Pis, a lo suyo... como lágrimas en la lluvia.
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